La religión católica y la crisis del amor.

June 22, 2011 in Blog de Sociología by Luis Trejo Fuentes

Otra vez dejo de lado el escribir sobre derechos para darme un gusto, escribir sobre teología y religión, bueno, sobre mi religión, y un aspecto de sus muchas crisis. Pero antes es necesario decir algunas cosas: 1) Soy ingeniero y estoy finalizando mi doctorado en sociología. ¿Por qué sociología? Mi vida familiar y profesional ha transcurrido alrededor del servicio público, y creo, sinceramente, que no se pueden hacer políticas públicas (desde la economía o la ingeniería) desarraigado de la sociedad o de la política; 2) Como alguna vez escribí en Facebook, soy católico, crítico y practicante (aunque más cercano a los jesuitas y franciscanos), liberal, porque creo fervientemente en la libertad del individuo, pero en cierto modo socialista, porque creo que le corresponde al Estado, y a la sociedad, intervenir y limitar dicha libertad (y no sólo en relación a la conformación de la economía y la distribución), ya que tengo claro que lo que Kant (2005) pedía del ciudadano, ser un individuo virtuoso actuando no sólo conforme al deber, sino por deber, es por lo bajo una utopía; 3) ¿por qué los 2 primeros puntos? Les aseguro que no es por contar mi vida, sino porque es necesario sincerarse. Los científicos suelen enfrentarse a muchos problemas en sus investigaciones, algunos de carácter ético-morales, como por ejemplo, si deben experimentar o no con animales, o con humanos, si deben recibir o no compensaciones económicas, si deben o no investigar sólo para ampliar el conocimiento, o si deben o no preocuparse de las futuras implicaciones (negativas) de sus investigaciones, etc. No obstante, los “científicos sociales” (no deseo entrar en la discusión sobre los criterios de verificabilidad-fuerte o débil-de las CC.SS.) han de enfrentarse a sus monstruos internos, que nublan la objetividad, una objetividad que por cierto es sólo aparente, ya que es sólo humo y espejos. Tal como Dworkin (1994) menciona, las personas “creen que tienen opiniones no sólo como individuos, sino también como católicos, baptistas, judíos, protectores de valores familiares, feministas, ateos, socialistas, críticos sociales, anarquistas o partidarios de alguna opinión ortodoxa o radical acerca de la justicia o la sociedad” (Dworkin 1994: 50). Y los sociólogos, cientistas políticos, economistas, etc., más allá del método que utilicen para analizar las problemáticas sociales, no son personas distintas del resto, por lo que el método no inocula al individuo de sus propios paradigmas.

Por lo anterior, es que he de decir que la crisis del amor en la religión católica es sólo una opinión e interpretación personal, escrita desde mis nublados y someros conocimientos sobre el tema. Dicho esto, partamos desde el principio, la Fe. La Fe viene de la raíz latina fides, que significa confiar, sin embargo, su fuente es la palabra hebrea emuná, que proviene de la raíz amén,  al igual que lehitamén que significa entrenarse, oménet (nodriza) quien da de sí misma, imún (entrenamiento), omanút (arte), etc. De este modo emuná es el entrenamiento en el deseo de dar y beneficiar, e implica firmeza, seguridad y fidelidad. En la Carta a los Hebreos la Fe se define  como “una garantía segura de lo que se espera, una evidencia de lo que no se ve” (Heb 11.1). Pero ¿Ha de ser ciega esa Fe? La respuesta es no, al menos no como la Fe del niño que cree ciegamente en lo que se le dice, o  de aquel que acepta una verdad so pena de un castigo. Mi impresión es que la verdadera Fe debe enfrentarse continuamente a cuestionamientos (de todo tipo y sin miedo), no sólo de hechos pragmático-racionales, sino también lógicos y filosóficos; de ahí que se le considere un don, pues ha de salir victoriosa a más de un enfrentamiento. Esto porque la fidelidad y la seguridad se alcanzan sobre la base del entrenamiento racional y emocional, y no sólo a través del ver para creer. Pero ¿por qué toda esta explicación, si lo que quiero es hablar del amor? Porque la crisis del amor en la religión católica tiene su base en el apego irrestricto a instituciones humanas que han sido descontextualizadas y que se han hecho parte de la Fe, o de la interpretación humana de ésta, y se han tornado en absolutas.

Por ejemplo, muy a pesar de algunos católicos y de ciertas iglesias o sectas cristianas, la Biblia no contiene la verdad, al menos no la verdad literal, sino otro tipo de verdad (término que en hebreo también se refiere a emuná, o que es fiel o de confianza), ya que la Biblia no posee una verdad histórica en un sentido estricto (a pesar de que muchos pasajes bíblicos tengan demostración histórica), ya que los libros que contiene ésta son ante todo de orden moral y espiritual. En más de una ocasión he escuchado a algunos parrocos referirse al término midrás, como un tipo particular de expresión literaria (basada en la leyenda, las fábulas o las metáforas), tratando de hacer alusión al término hebreo midrash que implica el estudio o la interpretación a distintos niveles de la Torá, pero esto no es más que una simplificación. En términos prácticos la biblia encierra sobre todo metáforas, que eran habitualmente el medio por el cual se construía y se socializaba al ser moral, en especial en la tradición helénica (que quede claro, esto no niega la veracidad de la enseñanza moral, ni su carácter de reveladas).

Ahora, qué es el amor. Quizás la visión más hermosa y romántica del amor en el catolicismo se encuentre en Corintios 13:

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.  El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño,  pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

Mi impresión es que el amor descrito en el versículo, guarda más relación con el amor de Dios o con un ideal del amor humano, que con el imperfecto ser que éste es; sin embargo, ¿ha de ser el amor, al igual que la Fe, ciego o unilateral? Quizás no haya expresión de amor más grande que entregar la vida por el otro, esta entrega es ante todo racional, consentida, física o espiritual, pero dudo mucho que implique subyugarse o que se derive de la imposición del otro, lo cual conlleva la falta de amor con uno mismo o desamor. Por tanto, creo que la respuesta es ¡No! El amor tampoco ha de ser ciego y esto es lo que ha olvidado mi Iglesia, que el amor es el núcleo del cristianismo y que este amor no es ciego, sino que nace de una expresión vívida, consentida y racional del ser humano, en consonancia con el otro, Dios, la Fe y la gracia. Por lo que el amor implica respeto, por el otro y por uno mismo, afecto, entrega, comprensión, paciencia y muchas otras tantas palabras hermosas; pero no parece implicar, sumisión, estoicismo, estupidez, sufrimiento y dolor, al menos no aquellos sentimientos o afecciones que nacen de una relación eminentemente unilateral y de dominación. Veamos algunos casos:

El divorcio. Para el católico el matrimonio es un sacramento, por ende sagrado, pero lo que lo hace sagrado es el amor y la entrega del uno con el otro, en presencia de Dios. Creo, y no deseo pecar de soberbio, pero las palabras de Jesús a los fariseos donde dice  “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”, guardaban más relación con evitar el rechazo a la mujer por parte del marido en el contexto hebreo de la época, que la asignación de un carácter sagrado e irrenunciable. Sin embargo, es claro que la pérdida completa del amor y, por ende, del respeto, es causa justa para la aceptación del divorcio, en especial en presencia de violencia (consideremos que la violencia no tiene género, ni condición socioeconómica o etaria). Bajo la mirada Judía (los hermanos mayores) el matrimonio es la unión espiritual de dos seres en uno solo, y el divorcio es todo lo contrario, si bien doloroso, a veces necesario; por lo que dicho acto se considera como última instancia y luego de varios procesos de mediación (al menos en teoría).

Las relaciones de pareja, la familia y el autocuidado. Las relaciones de pareja (previas al matrimonio), son parte esencial del crecimiento y el proceso de madurez del individuo y de la pareja, no sólo desde una perspectiva sexual, sino también emocional y sociocultural. El gran error de la Iglesia, y de su núcleo conservador, es considerar las relaciones prematrimoniales como el principio de la pérdida de libertad, que en un sentido católico se da con la gracia de Dios, esto es, sin buscar o desear el mal. Es decir, que ocurre una sublimación de la libertad al libre albedrío y, por ende, es considerado el inicio del libertinaje. El problema es que hoy parece imperar un ideal desvirtuado y romantizado del amor, como la entrega ciega al otro, y no como el respeto al otro y a uno mismo. Si se considerase un concepto de relación donde el núcleo central es el amor, con las implicación de afecto, fidelidad y respeto, incluso más allá de la sacralidad del matrimonio o de un límite temporal, primaría el sentido de cuidado y autocuidado, por lo que el uso de preservativos y anti conceptivos se convertiría en una expresión más de respeto por el otro. En una relación de pareja sana (independiente del género), ambos individuos debieran buscar la felicidad y la satisfacción mutua, donde el equilibrio entre lo aceptado y lo rechazado se estructura en conversaciones donde decir “no” está permitido y no sancionado. La falta de empoderamiento, de la mujer o el hombre, en situaciones particulares, implica la subyugación de uno al otro, y en muchos casos no tiene nada que ver con la dominación (al menos de una dominación conscientemente impuesta por el otro), sino con la “simple” incapacidad de ese individuo a decir no, por miedo a la pérdida, la falta de respeto de uno o el otro, miedo a la soledad o por un ideal desvirtuado de amor. Esto último me lleva al ideal de familia cristiana, centrado en la mujer, el hombre y los hijos. Es claro que la constitución de la familia en el último siglo ha sufrido cambios sustanciales en sus formas, tamaños y composición, pero hay algo que hoy suele predominar en todas ellas, que son núcleos de afecto (incluso más allá de la consanguineidad), por lo que su función sigue siendo el apoyo de los miembros y la crianza de las futuras generaciones. De este modo, para el católico debiera dar lo mismo la composición de ésta, siempre y cuando el ideal de amor basado en el respeto y el afecto de todos los miembros siga primando en ella.

Los “matrimonios” homosexuales. Es lógico pensar que dos personas que se aman y se comprometen a ser fieles, “hasta que la muerte los separe”, deberían ser capaces de hacerlo, con todos los derechos y deberes que eso implica. Para algunos católicos “conservadores” (¡Si, créanlo, hay también católicos liberales!) el matrimonio homosexual es, como suelen decir, “anti natural” (como volar o ir al espacio), esto porque centran la relación de pareja sólo en la relación sexual y en la procreación, de ahí su consideración de anti natural, negando de este modo la base sustancial de la unión, el amor. Para algunos católicos “liberales” (en los cuales me incluyo), no existiría problema en dichas uniones dentro del marco de la promesa de afecto, respeto y fidelidad mutua que también se pide a las parejas “heteros”; no obstante, algunos tenemos problemas con el uso del término matrimonio, no por un tema moral, sino semántico. Esto porque la etimología de la palabra trata del derecho de la mujer a convertirse en madre, por ende, en mater familias, ya que es entregada al hombre en matrimonium, con lo cual éste se convierte en pater familias (reconozco la connotación sexista del término, aunque cabe recordar que éste nace del derecho romano, por tanto, hace mucho tiempo atrás), entonces, se hace un poco difícil extender el término a la unión entre dos personas del mismo género, cuando etimológicamente e históricamente siempre ha sido distinto, pero como digo, es sólo una molestia de nombres.

Como ya he mencionado, he querido darme un gusto, el de opinar sobre mi religión y la pérdida del núcleo del amor en ésta, al menos en el que creo es su sentido original…mi intención, cuando deje de lado todas mis preocupaciones terrenales, es hacer sociología de la religión, pero por ahora sólo me conformo con opinar (sin buscar polemizar, ni discutir otras opiniones, no porque no me guste hacerlo, sino porque no tengo tiempo para ello), quizás en un tiempo más pueda escribir con un fondo más filosófico y sociológico sobre el amor, y su evolución, en las religiones contemporáneas…o puede que alguien ya lo haya hecho, o quiera hacerlo…

Dworkin, Ronald. 1994. El dominio de la vida. Barcelona: Ediciones Ariel.

Kant, Immanuel. 2005. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Tecnos.

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